“Te-amo no es una frase: no transmite un sentido sino que se aferra a una situación límite: aquella en que el sujeto está suspendido en una relación especular con el otro”. Así hablaba el psicoanalista Lacan de esa frase capaz de detener el cronómetro vital y alterar el compás de la mirada hasta que parece que el tiempo se vive en base a los ratos muertos en los que se intenta no pensar en quien se ama. Por intensito que pueda sonar, en Cameo se estrena After. Aquí empieza todo y enseguida empieza a fluir la tinta como baba de amante ensimismado y abandonamos la intensidad dramática para abrazar la adaptación de la novela de Anna Todd. El film de Jenny Gage abre con un contudente “Hay momentos en la vida que nos definen” y se desenvuelve alrededor del relato nada impostado de una novata conoce a un chico misterioso con un pasado más turbio que esas fotos tuyas en el Tuenti o tus recortes de Britney cuando aún era Britney. Tessa Young y Hardin Scott son los héroes literarios del momento, capaces de desplazar de las estanterías (y ahora de las videotecas) a los libros de Paula Gonu o los vídeos del matrimonio de PewDiePie. Pensarás que te encuentras ante el enésimo evento romántico adolescente como Crepúsculo, y razón no te falta, pero es que el amor juvenil lleva provocando suspiros y gemidos febriles desde que a Calisto se les escapó un halcón en el huerto de Melibea.

Vivir reflejado en la mirada ajena imita el estadio romántico y especular descrito por Lacan y exactamente lo que la escritora Anna Todd debía sentir cuando escribía relatos inspirados en su obsesión por Harry Stiles. Roland Barthes, desde la distancia de ser un reputado semiólogo y filósofo al que nadie imagina forrando su carpeta con notas sobre la doctrina del arte de Heiddegger con fotos de Fran Perea, vivió una obsesión similar por el amor cuando escribió Fragmentos de un discurso amoroso en 1977. La obra de Barthes intenta apresar el significado obtuso, latente, esquivo, inalcanzable y efímero del amor a través de la morfología de palabras de discursos ajenos que oscilan entre el Werther de Goethe y el pesimismo de Nietzsche. Barthes recopiló materiales de clases y reaccionó contra la indifférence, contra la indiferencia de una posmodernidad obcecada en despojar de sentimiento hasta a los tazos de Pokemón. El amor es indefinible, inefable y subjetivo, dependiente de imágenes tan ajenas como propias y sobre todo nace de una idea de huir de la normalidad y la razón para hundirse en lo irreflexivo y heterodoxo. Estar enamorado es estar loco y ser impulsivo, lo cual para Barthes es un acto de rebeldía contra la normalidad. Partiendo de sus clases sobre el Werther de Goethe Barthes escribe un soliloquio de un enamorado que, a partir de escenas que parecen hojas de diario, notas etimológicas y apuntes, reflexiona sobre el amor en todas sus manifestaciones y se infiltra su voz reivindicando el lenguaje como artificio humano pero también como reflejo de esas pérdidas deseadas de control.

Con eso en mente en Cameo componemos nuestros propios fragmentos del discurso amoroso a partir de retazos de películas que narran la experiencia del amor desde distintas etimologías y momentos. Porque el amor, por inane y juvenil que parezca en After. Aquí empieza en todo, se desboca en largas secuencias dignas de videoclip de una Zendaya primeriza que captan besos, hormonas y dos jóvenes entregados al acto de la berrea para descubrir qué es el sexo y otras escenas románticas. Un film generacional que capta un significado del amor, y aquí os proponemos algunos más. Porque desde el amor hereos, la llamada locura del amor que en La Celestina condenaba a los amantes, pasando por la moda del suicidio por amor generada tras el éxito de Las penas del joven Werther en la que su protagonista se suicidaba al ser rechazado por Lotte, y llegando al ahora en el que las penas amorosas se comparten en gifs de Euphoria, memes de After o escuchar en bucle Con altura, en Cameo tenemos películas para que compongas tu discurso amoroso.

1. El amarillo

Adormecimiento extraordinario que los gusanos de seda, cuando son muy pequeños, suelen padecer en tiempo de niebla.

Amarillo para describir el letargo de los gusanos, también para hundirse en las composiciones cromáticas y geométricas de Wes Anderson. Planos centrados y universos cinematográficos que como el de Moonrise Kingdom parecen tejidos por gusanos de seda paralizados por la niebla. Porque quizá quieras ser como Sam, un scout que se entrega al acto de recibir todas las medallas que sus padres nunca le darán enzarzados en eternas disputas. Porque Suzy siempre será aquella chica misteriosa que hizo que te sintieras tan pequeña como una larva pero con una extraña valentía. Sam vive la catástrofe de ser un niño enredado en una situación amorosa que le engulle en un embrollo de adultos y le coge de los nudos de su pañuelo hasta meterle en una trampa en la que su sombrero le hace querer ser Alain Delon. Suzy por otra parte parece rezarle al dios Pan, del que deriva la palabra pánico, atrapada en esa angustia juvenil en la que el enamoramiento se percibe como la desesperación. Sam y Suzy comparten picnic, escapan del mundo y escuchan viejos discos mientras intentan aprender a bailar. Entonces recuerdas tus zapatillas roídas de Educación Física (siempre quisiste una de esas que al pisar se encendían pequeñas luces), cuando solías leer Harry Potter y la chica misteriosa escuchaba Tokyo Hotel. Porque Wes Anderson tiene la capacidad de devolverte a un estado de pánico y sufrimiento deseables, en el que cada zumbido del Messenger te daba más miedo que el videoclip aquel de Robbie Williams en el que arrancaba la piel a tiras.

2. Clandestino

Secreto, oculto, y especialmente hecho o dicho secretamente por temor a la ley o para eludirla.

El niño pez y el momento en el que Lala se enamora de Guayi. Una cohabita con sus padres que discuten sobre literatura y fondos de inversión y Guayi limpia la mesa sobre la que sus progenitores discuten sobre esos mismos fondos de inversión. La policía realiza una investigación, Lala piensa en el olor a lejía de Guayi hasta que su pequeño fetiche burgués se transforma en una escena amorosa que poco entiende de violencia simbólica y dominación a través del capital. Lucrecia Martel parece deambular con sus filmes abigarrados de sudor y onerosa decadencia, pero siempre queda subsumido el rastro de Lucía Puenzo en el realismo mágico con el que Lala y Guayi huyen de una realidad que a ti te contagiaría de nuevo el síndrome que te hizo pensar que tu adolescencia consistiría siempre en una retahíla de frustraciones y llamadas perdidas. Lo clandestino como amor oculto y miedoso, aniquilado en escenas breves y arrebatos que las llevan y te llevarían a rascar el gotelé de tu cuarto pensando en todo lo que nunca se dijeron o dijiste. Un amor contra otro amor es lo que experimentan hasta el punto de que suma corre el riesgo de ser anulada.

3. Clavijero

Pieza maciza, larga y estrecha, de madera o hierro, en que están hincadas las clavijas de los clavicordios, pianos y otros instrumentos análogos.

 

Tu primer viaje al extranjero: Londres, Roma, París o Berlín. O también Dublín. Los miedos al despegar, tu pecho como caja de resonancia de emociones que tan pronto te parecen huecas como repletas de reverberaciones que te hacen pensar en por qué te has ido de casa. Entonces en un pub cualquier te cruzas con un grupo de españoles. Corrige, tú no quieres españoles que sólo hablan de la nostalgia del ibérico, por eso ves la figura extranjera que posa su mirada y ya no sabes si se debe a tu primera Guinness pero te crees el centro del mundo que empieza y acaba en el rastro de las gotas de lluvia que bailan contra la ventana. Quizá habláis, quizá esa otra persona cante y tú también o probablemente le hables con un inglés más quebrado que tu autoestima sobre cuánto te gusta Irlanda aunque ni siquiera sepas que otro irlandés llamado Yeats ya puso palabras a eso que sientes porque “la espuma cual cirio sobre la arena opaca y estrellas remontando el cielo con rocío, solo viven para iluminar tus pies que pasan”

Después de tu aventura ves Once y piensas que ojalá fueras tan casual en tu aire bohemio como el fular de Glen Hansard cuando recorre las calles de Dublín tocando la guitarra. O mejor aún, Marketa Irglova vendiendo flores y pensando en canciones checas que tocar al piano. En su lugar tú y la persona desconocida acabasteis hablando de Makes Me Wonder, porque en 2007 Maroon 5 aún llenaba la carpeta de tu MP3. Porque la película de John Carney aún resuena en tu memoria como esa breve charla en la barra del pub en la que no pudiste esperar a que la espuma de la cerveza se asentara para trazar en tu mente un musical como el de la película que alimente tus fantasías.

4. Expiar

Borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio.

Como el señor Heathcliff yaces con ojos huraños reproduciendo en bucle a Billie Eilish porque Catherine no te ha encontrado apto en Tinder y solo deseas refugiarte en esa Granja de los Tordos a la que llamas habitación con mesa de contrachapado en un barrio gentrificado cuyo precio no baja de 400 euros. Al menos en Cumbres Borrascosas hay menos posibilidades de que Andrea Arnold sintiera que su capacidad como directora estaba siendo cuestionada. Tras conocerse cómo su visión de Big Little Lies quedaba resumida a capítulos manufacturados en la sala de montaje, siempre puede regresar a su amada visión del clásico de Emily Brontë. Porque la expiación como purificación de los residuos de un mal amor es complejo, pero más difícil parecía reparar tu primer desastre romántico en el que en pleno recreo la persona por la que ibas sonrisa en rostro y camiseta planchada te dijo eso de “ni yo sé lo que quiero” y lo curaste viendo en bucle Friends hasta que por fin entendiste que Ross era un ser bastante más psicótico de lo esperable.

5. Juliana

Dicho de la manera de cortar principalmente las verduras para ensaladas o guarnición de otros alimentos: En tiras finas.

No todo van a ser romances que se miden en la duración  exacta de un Instagram stories o en el tiempo que pasa desde que la persona que te roba likes en Twitter te deja en leído hasta que responde con un tibio monosílabo a ese gif que parecía ser la réplica perfecta. También hay crisis de mediana edad en las que uno se encuentra desempolvando viejos álbumes de cuando kodak aún pintaba algo en eso de las memorias familiares. Los tiempos en los que aún había ilusiones, o en los que uno de verdad se creía eso de cambiar el sistema dentro. Años después te paras frente al espejo, observas el desastrado cepillo de dientes y la crema antiarrugas y piensas por momentos que tu vida real se está desarrollando en algún lugar alejado del reflejo de tu anatomía aterida por los kilos. En Juliet, desnuda Annie y Duncan sienten algo parecido. Sobre todo Annie cuando prepara la comida y pica la cebolla en juliana y se percata de que esas pequeñas tiras de cebolla que bombardean con lágrimas las ojeras bien podrían ser los recuerdos que en ocasiones vienen a ser parte de un sofrito de decisiones que la han conducido a una vida tan estable como monótona con Duncan. Duncan parece feliz con sus discos, pero cuando aparece Tucker Crowe en forma de músico americano curtido en cientos de sesiones de miradas intensas bajo el brillo nacarado del bourbon todo cambia y su nuevo álbum Juliet trastoca la vida de una pareja que hasta entonces pensaba que su vida romántica podía cortarse en juliana y disfrutar de los pequeños gustos de cebollas caramelizadas. La cineasta Jesse Peretz y la guibista Tamara Jenkins (La familia Savages) sacan brillo a las rom-coms británicas, esas comedias románticas que te hicieron creer que el amor y la estabilidad económica en Londres eran posibles, sustituyendo a Hugh Grant por Ethan Hawke y manteniendo el encanto.

6. Fósil

Dicho de una sustancia de origen orgánico o de un resto de organismo: Que está más o menos petrificado, y se encuentra por causas naturales en las capas terrestres, especialmente si pertenece a otra época geológica

Ewan McGregor y Eva Green en Perfect Sense viviendo un romance con secuencias en slow motion mientras el mundo a su alrededor se derrumba debería ser algo así como el epítome del amor consagrado en lo que dura una feromona congelada tras una cucharada de helado. A medida que una epidemia arrasa con la percepción sensorial del mundo como si Boris Johnson hubiera conseguido expandir el rictus de su rostro, el chef y la investigadora progresivamente descubren que hasta de los rescoldos del meteorito que barrió a los dinosaurios quedan fósiles que reflejen si el Piecitos de En busca del mundo perdido llegó a conocer el amor. Tú probablemente hayas sentido la fuerza de ese amor que parecía destruir toda sensación de que vivías en un mundo regido por incuestionables leyes biológicas hasta el punto de que te viste viendo una y otra Mamma Mia cuando en realidad nunca habías pasado de ver conciertos de Megadeth en Youtube. Un amor que amenazaba con cegarte pero aún así te creías que podrías reconocer el rostro de esa otra persona con las manos hasta trazar una suerte de mapa que recorriera la orografía del rostro ajeno. Porque en la oscuridad con frecuencia te asías a los momentos más brillantes previos a las tienieblas de regresar a clase o dejar al amor del verano, o a la persona con la que compartiste un Erasmus repleto de tés cuyo sabor poco te importaba. Y así son Ewan McGregor y Eva Green, Michael y Susan, sublimando la experiencia de saberse enfermos de amor y pacientes terminales de una pandemia con la música de Max Richter consiguiendo que hasta la incubación de la listeria tenga algo de místico. Hasta que todo se apaga y queden ellos a oscuras, sujetos muertos mientras el amor se apaga y el sentimiento de ausencia frente al mundo del que hablaba Barthes se convierte en la dolorosa presencia de un romance inaprensible.

7. Atavismo

Comportamiento que hace pervivir ideas o formas de vida propias de los antepasados.

Oliver tiene 15 años, escucha casetes y sueña con ser Antoine Doinel y vivir su vida en base a los designios de Truffaut con acné que escucha a The Smiths. Claro que escuchar There´s a light that never goes out pensando en esa luz que nunca desaparece es engañoso, puesto que el amor en tiempos de la adolescencia es tan efímero como la cinefilia que intenta rescatar las señas de la Nouvelle Vague. Al final en lugar de estar tenuemente iluminados por esa luz del amor correspondido con otro bicho raro de clase uno suele terminar a oscuras como una polilla sin rumbo esperando a que Kafka le pase terapia. Pocas películas como Submarine han sabido captar la insoportable levedad del adolescente enamorado a través de filtros dignos de Polaroid y soliloquios británicos en los que Oliver intenta salvar el matrimonio de sus padres y al mismo tiempo, con su uniforme y abrigo, mantener el atavismo de esos estupendos chicos ingleses.

Fragmentos para un discurso amoroso que bebe de tantas fuentes como momentos más o menos enajenados. Pero parafraseando una de las grandes líneas de After “pasado esto, ya solo queda after (después)”. Un después que puede o no ser una etapa más en un romance variopinto, pero que desde luego ocupará una escena de película o al menos un recorte de GH Vip capaz de conseguir que olvides tu deseo de vivir un idilio de cine.