Una de esas frases que todo cinéfilo parece grabar a fuego en su mente cuando descubre que Godard fue un señor que hizo algunas buenas películas es “el cine es la realidad a 24 fotogramas por segundo”. Normalmente dicho axioma presentaría ya cierto óxido porque toda nueva película que aborda la realidad, la vida y el amor entremezclándolo con el cine parece destinada a ser la obra maestra definitiva. Sin embargo, con el estreno de Los días que vendrán en Cameo admitimos que la nueva película de Carlos Marqués-Marcet no solo es realidad a 24 fotogramas, sino todo un compendio de breves momentos de belleza recogidos, filmados y conmovidos en celuloide de la rutina de David Verdaguer y María Rodríguez Soto. Ambos intérpretes filtran sus vidas a través de los gestos de Vir y Lluís, una pareja que atraviesa un embarazo igual de real que el de la pareja de actores en la vida real y que el cineasta catalán atisba a condensar en 94 minutos de pura inmanencia vital.

Un experimento, un intimismo heredero de Rohmer, un mapa de los miedos y ansiedades de la sociedad actual; Los días que vendrán atravesó fulgurantemente el Festival de Málaga — Biznaga de Oro, Mejor dirección y Mejor actriz — y complementa, casi como si de una trilogía sobre las relaciones se tratase, sus anteriores Tierra Firme y 10.000 KM. Sin caer en los códigos del documental, Marqués-Marcet bebe del cine experimental, del cine experiencial e incluso del cine doméstico para simplemente reflejar un retrato de una pareja y una generación desvelándose en su constante y agradecida negociación de roles.

Ahora bien, en Cameo Marqués-Marcet ha encontrado su hueco hace tiempo y bien podríamos reflejar el paso del tiempo de su carrera de la misma manera que él lo hace con Vir y Lluís. De la relación a distancia de 10.000 KM, en la que dos ordenadores pixelaban el horizonte de una relación romántica, a Tierra Firme , en la que Eva y Kat atraviesan el paradigma de la maternidad con el despistado Roger de por medio, Loos días que vendrán se erige en monumento definitivo de un cineasta a su vocación de transmitir realidad. Pero ¿qué matches tuvo Marqués-Marcet para dar a luz a su obra? ¿qué clase de atracciones tuvo el director para que su relación con el cine engendrara este film? Quédate bajo el hechizo del realismo romántico para descubrir los flechazos que harán que Los días que vendrán sea tu amor platónico cinematográfico por excelencia.

1. El factor experimental: de Portabella a Jonas Mekas

Imagina ese chico o chica misteriosa de toda app de ligue. Se define como bohemio, o simplemente pone una frase de Pokémon mientras te habla de Proust. Es ecléctico, diferente y nunca sabes si está mirándote por encima del hombro o se siente la persona más sola del mundo. Aparentemente nadie sabe qué hace en un sitio de hormonas sudadas como ese, pero está. Pues Marqués-Marcet demuestra que se conoce al dedillo ciertas vocaciones de determinado cine experimental que lleva décadas combatiendo la idea de lo específico cinematográfico. Te preguntarás ¿pero eso qué es?, simplemente cineastas como Portabella con Informes Generales I y II radiografiaban la sociedad española y el impulso generacional surgido tras el Franquismo. Lo hacían con documentales que jugaban con el montaje y respondían a esa pregunta afirmando que lo específico cinematográfico reside en hallar nuevos mecanismos artísticos para interrogar viejas cuestiones vitales. Marqués-Marcet recupera la constancia de Portabella traduciendo el retrato generacional en un microrrelato de una pareja y empleando un mecanismo cinematográfico tan sencillo como complejo: el montaje y su relación con la duración real del tiempo dentro de la duración de una película.

 Llevando esta cuestión más allá, el cineasta catalán ha afirmado que se inspiró en un film de Stan Brackhage, uno de los cineastas experimentales más reputados y que llevó la idea de la no-narrativa a extremos en los que la vida real y las imágenes que se miran a sí mismas parecían compartir un único y abstracto lugar. ¿Por qué al cineasta catalán le puede fascinar Brackhage? Porque determinada corriente del cine underground norteamericano propuso un cine como medio inmediato capaz de reaccionar a la vida de manera espontánea y rebelándose contra narraciones clásicas y relatos repletos de signos. La vida real cristaliza en fotogramas que reflejan fragmentos de vida, y en Los días que vendrán el cineasta recupera esta idea del cine reaccionando a la vida difuminando los límites entre narrativa y vida, entre ficción y realidad, hasta que el proceso del embarazo adquiere la connotación de una película-diario. Tanto es así que en un momento de la película Marquet introduce un vídeo real del nacimiento de la actriz María Rodríguez Soto que remite a la obra de otro cineasta experimental como Jonas Mekas. Mekas concebía la imagen como una forma de participar en el presente, no de simularlo. Marquet consigue el mismo efecto con secuencias en las que Lluís vuelve con sus amigos al lugar donde solían jugar al fútbol. Una asociación pura en la que Marquet es capaz de adaptar lo experimental a formatos más accesibles.

2. Naturalismo: de Carla Simón a Elena Trapé

Existe una vertiente reciente del cine español auspiciado por cineastas como Carla Simón, Elena Trapé, Mònica Rovira, Irene Moray o Elena Martín que conecta a la perfección con la sensibilidad de Carlos Marqués-Marcet. Un cine fundado en la experiencia, en la memoria y en la capacidad para escapar de la idea del encuadre de la cámara como contenedor de un universo particular. Alexander Astruc diría que la cámara funciona como una pluma con la que un autor escribe determinada película y reivindicando el papel del cineasta. Lejos de este clasicismo teórico, obras como Verano 1993 (Carla Simón) proponen universos abiertos, permeables a las aportaciones de los actores y el entorno hasta que la cineasta parece no escribir, sino simplemente registrar con fascinación todo lo que ve. También se aprecia en los avatares de una estudiante Erasmus en Julia Ist (Elena Martín) a medida que la crudeza de la vida real se impone al relato o la reivindicación del retrato generacional a través de webcams y de las limitaciones del encuadre que es Blog (Elena Trapé).

Hasta llegar a cortometrajes como Suc de síndria (Irene Moray) o films más experimentales pero certeros en su retrato de la descomposición de una pareja como Ver a una mujer (Mònica Rovira). En todas estas obras pervive un espíritu naturalista que conecta con la vocación de Los días que vendrán de detener la memoria vital de personajes que son personas al fin y al cabo, supeditando toda idea de artificio cinematográfico al peso del registro de relatos y cápsulas de vida en las que los diálogos crecen hasta rebosar los encuadres y en las que el montaje no se atreve a efectuar cortes. Como si más que la imagen de vidas reales y dramas concretos las cineastas y el cineasta quisieran presentar la textura de una vida para que llores, te emociones y te preguntes si estos matches entre obras cinematográficos, estos flechazos de cine, podrían darse a mas a menudo en la vida real. Jonas Mekas diría que “cuanto más lejos parezco estar de mí mismo se abre una profundidad más y más aterradora hasta que mi propio ser siente vértigo”. Con Los días que vendrán Marqués-Marcet es capaz de reflejar el vértigo a ser uno mismo en etapas definitorias de una vida sin imponer el artificio cinematográfico, simplemente trazando las coordenadas de un mapa del recuerdo con el fin de hallar un principio creador en su obra, que no es otro que la memoria expresada en movimiento. Marqués-Marcet va a utilizar la memoria como una herramienta con la que seleccionar aquellos instantes privilegiados en recuerdos. Un naturalismo en toda regla.

3. El paso del tiempo: Linklater

A Marqués-Marcet se le ha comparado con numerosos directores, y algunos apuntan que el siguiente paso lógico en su trayectoria sería mostrar qué sucede con la pareja formada por Vir y Lluís después de dar a luz. Porque parece que no es suficiente con las entrevistas a ambos actores en los que desgranan la importancia de asignar roles y cuestionar ciertos hábitos asociados de forma tradicional, sino que algunos — ávidos por contemplar el talento del cineasta — esperan que emule a Richard Linklater y narre relatos grabados a lo largo de muchos años naturales para observar el paso del tiempo en la transformación de los personajes y su situación vital. Una suerte de Boyhood que permita atisbar el crecimiento del recién nacido y observar las arrugas de su padre y su madre a base de noches sin dormir. Porque Linklater es el maestro absoluto de los relatos de vida desplegándose en rodajes eternos cuyo fin último es apresar la duración real de la vida a través de la duración temporal de la película. De este modo no sería raro esperar que el cineasta español incluso se planteara narrar en clave de comedia universitaria las peripecias de quien una vez suscitó lágrimas. Una especie de Todos queremos algo (2016) que recupere la acidez de Linklater narrando el despertar de la vida adulta y el germinar de hormonas en fiestas universitarias y fraternidades, todo ello pasado por el tamiz del Erasmus europeo.

Porque tanto Linklater como Marqués-Marcet son observadores de la condición humana, artesanos de recuerdos que embalsaman en escenas capaces de contener en rutinas el valor de toda la experiencia humana. Presentan sendas estéticas de la memoria en las que la nostalgia, lejos de anquilosarse en el pasado, mira hacia el futuro, hacia todas aquellas oportunidades que quizá surjan a partir de las dudas que acechan a sus personajes en un presente que parece meramente un tránsito de experiencias sin valor definitivo. Sólo así pueden entenderse sus películas como reivindicaciones de una memoria estética y cultural apartadas de discursos formalistas e imbricadas en el discurso cultural de manifestaciones tan variopintas como la cultura pop o en reservorios de lugares de memoria que oscilan entre la cancha improvisada de fútbol o aquel remoto lugar en el que se celebraba un botellón.

4. La vida como relato: Truffaut

Podríamos seguir ahondando en todos los posibles matches que Marqués-Marcet puede haber atravesado hasta confeccionar su particular estilo. Aventurarse en influencias, estilos y reminiscencias de tendencias tan dispares como posibles. No obstante, la presencia de Truffaut sobrevuela en sus certeros reflejos de etapas vitales como puede ser todo el ciclo de Antoine Doinel que permitió observar los vaivenes románticos, madurativos y existencias de Jean-Pierre Léaud. Marqués-Marcet recicla esas constantes basadas en poderosas digresiones de montaje, en voces en off azotadas por la intensidad de romances efímeros y lo transforma en silencios, gestos y emociones contenidas y escondidas como el mando en el sofá. Jules y Jim (1961) persigue al cineasta catalán en esa libertad de pensamiento y espíritu que lleva a Truffaut y Marqués-Marcet a rehuir de formalismos académicos y estéticas barrocas para ahondar en la amistad corriendo sobre el asfalto o la génesis del compromiso en algo tan simple como acurrucarse en la cama mientras ella espera que esos nueves meses pasen cuanto antes.

 

Estos son los cuatro flechazos de Marqués-Marcet a la hora de componer una de las películas españolas del año. ¿Qué otros flechazos crees haber observado?, ¿qué clase de crossovers plantearías entre el cineasta catalán y otros directos? Sea como fuere, Los días que vendrán es otra muestra más de un director empeñado en capturar los pulsos de la vida en latidos de imágenes.