El Día Mundial de los padres y las madres se celebra en Cameo, y miramos a esos niños e hijos que a veces les ponen de los nervios,  porque creemos que el cine sigue teniendo la capacidad de mirar al mundo con la fascinación propia de los niños. Rogert Ebert diría que las películas son máquinas de empatía que nos conectan los unos a los otros apelando a aquello que nos une. La magia del cine es la magia de la infancia, esa que es capaz de empatizar con todo y con todos y que a veces nos enseña el sinsentido del mundo de los adultos. En Cameo queremos despertar a tu niño interior, y que sufras del síndrome de Peter Pan solo durante unos instantes, por eso os acercamos a 7 niños de cine cuyas miradas nos han hecho darnos cuenta que a veces crecer no es sinónimo de madurez.

Jacques Lacan definiría el estadio del espejo como una fase de desarrollo psicológico en la que el niño reconoce por primera vez su imagen en el espejo, empezando a formar su sentido de identidad. El niño queda fascinado por la imagen, pero no tardará en desilusionarse al apreciar que esa imagen es solo un reflejo, se ve a si mismo y no se ve. Estos 7 niños de cine han visto la imagen en el espejo, y el film ha sabido captar la fascinación de la infancia. Pero al mismo tiempo en ocasiones el reflejo de la imagen es desilusionante, y es que la mirada de estos niños no solo ve su imagen sino también el reflejo de alrededor. Los siguientes 7 niños nos han fascinado al mirarse en el espejo, nos hacen pensar que los adultos deberíamos mirarnos más al espejo. Porque como diría El Principito «Todos los mayores han sido primero niños (pero pocos lo recuerdan)», es hora de recordar cómo era ser un niño.

1.   Moonee – The Florida Project

¿Quién se mira al espejo?: Moonee, una de las niñas protagonistas de la última película de Sean Baker, una de las diez mejores películas del año según el American Film Institute. Moonee se mira al espejo y ve a una niña corriendo por los pasillos de un motel de color rosa, jugando con otros niños y pensando que la pobreza y marginalidad que les rodea es algo secundario. Tiene Disneyworld al lado, pero se conforma con hacer competiciones de escupitajos, conseguir helados gratis y sobre todo disfrutar de su madre.

El reflejo: La mirada de Moonee es captada magistralmente por Sean Baker, una de las grandes promesas del cine de autor norteamericano y especialista en mostrar el otro reverso del sueño americano. Cámara a ras de la vista de los niños, planos que cortan a los adultos, puntos de fuga que se pierden en un horizonte esperanzador y el fuera de campo como prolongación de la mirada de Moonee, ajena al caótico mundo adulto. Una madre que se deja literalmente el cuerpo por su hija, peleas, drogas y precariedad laboral tamizadas por la dulce mirada de Moonee.

La desilusión: Tras la fascinación viene la desilusión. El espejo que pasea Baker sublima las aventuras infantiles de unos niños que parecen una versión indie y neorrealista de Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985). Pero el reflejo del mundo adulto abarca desde prostitución forzosa, pasando por pedofilia y llegando hasta a esa América que Trump no quiere ver, ensimismado quizá con su propia imagen en el espejo.

2.   Ben y Rose – Wonderstruck

¿Quién se mira al espejo?: Masao, ese niño aburrido de mirarse en el espejo que languidece en casa de su abuela durante el verano. Cree que es buena idea ir a buscar a su madre, la cual no conoce, y para ello contará con la ayuda de Kikujiro, un antiguo yakuza interpretado por esa especie de Buster Keaton triste llamado Takeshi Kitano. No desvelaremos si esa aventura acaba en Supernanny, desde luego Masao se ha buscado una figura de autoridad masculina más surrealista que un reality sobre literatura en prime time.

El reflejo: 2 años después de que Takeshi Kitano nos enseñara que no solo es un genio del humor gracias a Humor Amarillo con ese drama intensito llamado Hana-Bi, llega para ofrecernos una road movie en clave humorística donde surrealismo, sensibilidad y ternura se funden. Masao apostando con Kikujiro, largos silencios, mal humor y algún pedo que hizo sonreir a Kitano. Kurosawa admiraría la obra de Kitano, no vamos a ser menos.

La desilusión: Masao intenta encontrar a su madre, y como en toda road movie que se precie hay momentos para la madurez, el crecimiento y la introspección. La mirada de Masao es inocente, la de Kikujiro no. Y sin embargo esa mezcla no es desilusionante y el reflejo que nos muestra Kitano es el de dos seres antagónicos que tienen mucho que enseñarse el uno al otro. 

3.   Masao – El verano de Kikujiro

¿Quién se mira al espejo?: Ben y Rose, niños de épocas distintas pero que comparten la misma ilusión. Ben pretende encontrar a su padre, y Rose a una misteriosa actriz. Ambos están afectados por la sordera, y el reflejo que tienen ante su mirada les incita a salir y dejarse fascinar por ese Nueva York atronadoramente caótico en busca de algo que les haga sonreír de nuevo.

El reflejo: Todd Haynes es uno de los grandes narradores del cine estadounidense actual. Si Carol fue otro arrebato de genialidad, Wonderstruck funciona porque es un homenaje sincero, un museo dedicado al cine, a la música, al diseño artístico y a sus personajes. Haynes ofrece un relato familiar sin ambages, clásico, una honestidad ya difícil de encontrar. Entre medias la excelsa Millicent Simmonds, y también Julianne Moore y Michelle Williams. Wonderstruck, al igual que el Hugo de Scorsese, funcionan como artefactos de fascinación audiovisual y poemas dedicados al cine.

La desilusión: Ben y Rose no tardarán en darse cuenta de que el mundo es un lugar grande, en ocasiones frío y generalmente apático. Nueva York les supera, y al mismo tiempo les fascina.

4.   Camille - Un amour de jeunesse

¿Quién se mira al espejo?: Vale, quizá Camille con sus 15 años ya no es una ninguna niña y quizá por su Instagram pululen ya toda clase de púberes hormonados dando like como si no hubiera un mañana. Pero hablamos de Mia Hansen-Love, una de las grandes voces femeninas del cine francés actual, que mira de tú a tú a Rohmer para ofrecernos el relato de un primer amor, el de Camille y Sullivan.

El reflejo: Camille se enfrenta al reflejo de la adolescencia, al período de madurez, al despertar sexual y crecimiento de emociones que no por intensas son menos dolorosas. Primero enamorándose, después cuando Sullivan se marcha a Brasil y la comunicación cesa, a mirar la vida bajo el peso de la primera decepción. El reencuentro, cuando Camille ya ha abandonado la adolescencia, supone el regreso del espectro de ese primer amor que a todos nos acecha. Mia Hansen Love lo plasma en planos de sábanas arrugadas, encuadres de miradas quemadas y secuencias de rutina donde los besos aún se dibujan contra la mampara del baño del estudio que compartieron una vez.

La desilusión: Amor, desamor, aprendizaje y ante todo la juventud: las expectativas, las ilusiones, la tristeza y la promesa de errores que duelen pero avivan el alma.

5.   Oliver - Submarine

¿Quién se mira al espejo?: Ay Oliver, qué intensito eres. Un adolescente que lucha contra la apatía marital de unos padres que parece que no entienden su discurso indie-milennial-lloroporTwitter mientras trata de cautivar a una chica compaginando atisbos de un Jean-Pierre Léaud con flequillo y convers. El director Richard Ayoade muestra a través de Oliver y su film el reflejo de una marcada cinefilia: Submarine no es solo una crónica del amor adolescente cantado por los Artic Monkeys sino un ejercicio de homenaje cinéfilo. Dreyer, Murnau, Melville, Godard y sobre todo la versión existencialista con filtros vintage de Wes Anderson.

El reflejo: El reflejo de Submarine es bastante ecléctico. La imagen de Ayoade juega con los formatos, los filtros, las angulaciones, el trucaje de cámara y el montaje para ofrecer una experiencia que sea un disfrute tanto para los cinéfilos más avezados como para aquellos que quieran sufrir con Oliver o al menos querer ver sufrir a ese adolescente un tanto pedante y con más drama encima que un twittero que se ha olvidado de grabar la última injusticia sufrida mientras compraba el pan.

La desilusión: “Me gustaría que la vida se pareciera más a las teleseries americanas, de ese modo, cuando las cosas se pusieran dramáticas, podrías hacer un fundido en negro y dejar todo para otro momento” Dice Oliver. A todos nos gustaría ver el mundo a través de los ojos de ese Kierkegaard un poco emo, enamorarnos de chicas que parezcan Anna Karina y capturar nuestras penas en instantáneas de Polaroid para actualizar nuestros perfiles en redes. Es decir, en Submarine amarás y odiarás a Oliver, pero es innegable que el reflejo de su desilusión mola bastante.

6.   Sam y Suzy – Moonrise Kingdom

¿Quién se mira al espejo?: Sam y Suzy, joven pareja que huye para poder entender los avatares del amor en un relato que camufla la disfuncionalidad familiar con capas y capas fantasía infantil a través de casas de muñecas, surrealismo y sobre todo cariño por las posibilidades del cine para replicar la mirada en el espejo de dos niños que no quieren verse reflejados en la actitud de sus padres.

El reflejo: A estas alturas Wes Anderson no necesita presentación y probablemente, tanto para sus aficionados como para sus detractores, su cine remita a unas señas de identidad tan marcadas como reconocibles. Composiciones geométricas, juego cromático en cada plano, cientos de referencias a maestros como Kurosawa y una estética inocente donde todo parece impregnado de una visión infantil a la que hasta un ascensor le parece algo fabuloso. Moonrise Kingdom es una historia de dos niños que juegan a ser adultos, y de adultos que juegan a ser niños.

La desilusión: La huida de ambos chicos está repleta de momentos que parecen sacados de un programa infantil dirigido por Godard con Agnes Varda como cinematógrafa. Bailes chic de los años 60, antiguos tocadiscos y frases que brotan de esos chicos que juegan a ser Michel Piccoli y Brigitte Bardot.

7.   Amalia – La niña santa (Pack Lucrecia Martel)

¿Quién se mira al espejo?: Amalia, una joven estudiante en un colegio religioso que observa en el espejo el reflejo de ese sentimiento de culpa que ahoga el deseo. Solo esa niña que canta en el coro y ve como algo prohibido y atrevido reparar en un chico puede salvar a su madre de las garras de un médico que para ella es poco menos que un Mefistófeles cegado por el sexo. Despertar sexual, espiritualidad supersticiosa y la salvación del alma frente al deseo son solo algunos de los pecados que Amalia no acaba por encajar.

El reflejo: Lucrecia Martel es una directora a reivindicar día sí y día también. No solo por abanderar el cine argentino y en general el talento de Sudamérica para trazar reflejos íntimos de descomposición moral, sino por su capacidad para plasmar en el sistema fílmico los códigos propios del realismo mágico. Ver La niña santa es explorar el laberinto del deseo reprimido de una niña que fascina su mirada en estampas de corrupción ética, sentir a Isabel Allende en cada fotograma, y es que Martel hace de la observación y la inacción los detonantes de la psicología adolescente en plena ebullición.

La desilusión: Amalia tendrá muchas, nosotros ninguna con Lucrecia Martel. Hundir la mirada en ese retrato personalísimo que pretende explicar la relación entre deseo, el apetito por nuevas pasiones y la necesidad de anular la culpa como cruz del espíritu es todo un descubrimiento por su capacidad para plasmar una edad tan convulsa como irrepetible, donde todo parecía hecho a nuestra medida.