Julita Salmerón tuvo muchos hijos, después tuvo un mono, como no fue suficientemente consiguió el castillo con el que soñaba, después su hijo Gustavo hizo una película sobre ella y por si fuera poco ahora tiene otra casa en Cameo, para que puedas conocer su historia y porque se lo merece. Muchos hijos, un mono y un castillo llega a Cameo por todo lo alto, y aunque no somos de los que guardamos vértebras en nuestras estanterías, sí que teníamos muchas ganas de hacerle un hueco a Julita en nuestra colección.

La película de Gustavo Salmerón ha sido todo un fenómeno en nuestro país gracias a ella, a Julita Salmerón. Otra de esas mujeres de cine que encandilaría a Almodóvar y fiel reflejo de esa España costumbrista a caballo entre el romanticismo idealizado del Quijote y el esperpento entrañable de Valle Inclán. Sin embargo, el éxito de crítica y público de Muchos hijos, un mono y un castillo no es solo de Julita, sino de su hijo y director Gustavo, que hace de un documental cuya idea parece tremendamente sencilla una obra cinematográfica que para lograr esa simplicidad y encanto ha tenido que tomar 4 grandes riesgos. 4 riesgos que Gustavo Salmerón ha sabido combinar para afirmar un documental cuya sencillez esconde gran complejidad. En Cameo te contamos en qué consisten estos 4 riesgos, hemos tenido que buscarlos en la fábrica de la familia Salmerón y por eso nos ha tomado algo de tiempo.

 

1.   EL FORMATO

A cualquier espectador ha podido llamarle la atención el hecho de que Gustavo Salmerón haya optado combinar distintos formatos de imagen dentro de su película, recuerdos familiares grabados en 4/3, instantáneas de todo tipo así como un registro audiovisual que opta en la mayor parte del metraje por la cámara en mano, en lugar de una planificación más rígida del encuadre. He aquí la primera clave del éxito del film: la espontaneidad de Julita tiene su eco en la aparente improvisación del proceso de grabación. Aparente porque ninguna de las decisiones de Gustavo Salmerón ha sido improvisada. Si opta por esta forma para dar réplica al carácter inmediato y abierto de Julita es porque su obra desprende la misma naturalidad que el personaje central.

El sutil hilo conductor del film se halla en cómo la familia Salmerón afronta un cambio importante en su vida. Dicho cambio desencadena una oleada de recuerdos que cristalizan en forma de confesiones de Julita, aderezadas con una buena cantidad de material de archivo domestico que Gustavo reproduce. Julita narra episodios de su vida, naturalmente su encanto estriba en que no es un narrador fiable u omnisciente. Julita con su desparpajo narrativo y Gustavo recuperando ese archivo familiar consiguen evocar una cierta noción de postmemoria.

Marianne Hirsch introdujo este término para describir la relación de los hijos de quienes sufrieron el Holocausto con la experiencia de sus padres. Cómo se transmitió esa memoria en forma de testimonios de toda clase. El término se amplió posteriormente y en el caso de Muchos hijos, un mono y un castillo tenemos a Julita dando testimonio de eventos felices, traumáticos y desconocidos para sus hijos, una narradora que moldea la postmemoria, la relación del espectador y de su familia con el pasado. Gustavo hace lo propio vindicando esa especie de found footage, de recuerdos familiares, tejiendo un entrañable mapa de la memoria familiar en la que Julita interpreta un archivo que de otra manera carecería de sentido para el espectador.

Las secuencias elaboradas donde Gustavo hilvana música y grabaciones familiares culminan esta aproximación invisible y cómica a la postmemoria. El hilo conductor, el evento que desencadena estas reflexiones, es un mero pretexto, y hasta hay todo un McGuffin en la búsqueda de las vértebras de la abuela que no tiene una justificación argumental más que ahondar en la psicología de Julita. La simpleza del film esconde mucho más.

2. LA POLÍTICA DE LA INTIMIDAD

Política tanto de Gustavo Salmerón hacia los “personajes” de su documental como la política vista a través de los ojos de Julita. El documental ofrece al espectador una mirada, la de Julita, atravesada por un mapa de recuerdos, impresiones y anécdotas que configuran una cosmovisión de la realidad que Gustavo Salmerón decide no diluir. El hecho de que Julita se declare falangista, que hable sin tapujos de la Guerra Civil, su emoción describiendo cómo su abuelo recuperó las vértebras de su mujer de un río, o la anécdota de las croquetas con el cuerpo de Primo de Rivera, muestran las contradicciones y devaneos de una figura destinada a tener su propia política.

La valentía de los Salmerón, madre e hijo, es no ofrecer un documental complaciente, no caer en la mera parodia y mostrar solo la cara cómica sino la tragicómica, lo cual solo sirve para acrecentar la dimensión humana de Julita. La película de Gustavo Salmerón toca ciertos temas tabú desde la perspectiva de la intimidad: el concepto de fe, el de la familia o el del pasado del país. Lo hace sin paroxismo, y lo que es más importante aún, sin juzgar. Gustavo contradice a su madre ciertas aseveraciones, pero en ningún momento la censura, y decide no caer en el monolitismo ideológico de otras comedias o retratos documentales.

Por último, esa noción de intimidad en los temas tratados y en la vivificación de los recuerdos familiares se inserta en la idea de espacio. Todo el documental transcurre en la mansión, el hogar familiar. El discurso postmodernista se ha centrado en redefinir el concepto de hogar, en crisis debido al nuevo carácter migratorio de las sociedades. Así, la búsqueda del hogar centra discursos como el de Marc Augé, y en el caso de Muchos hijos, un mono y un castillo Salmerón rompe con el pesimismo postmodernista para referirnos a la noción tradicional de hogar como lugar de confluencia familiar. Para Julita el hogar es algo concreto, impregnado de esencia humana. A Julita le acusan de sufrir síndrome de Diógenes por acumular de todo, y ella responde de forma tajante afirmando que todos los objetos que posee no se pueden desechar ya que llevan impregnados los recuerdos que compartió con ellos. Ese animismo de Julita hace que el hogar sea un lugar antropológico, un espacio íntimo donde todo puede debatirse. 

3. LA REALIDAD SOCIAL

La obra de Gustavo Salmerón podía haberse convertido en un documental cuya única premisa hubiera sido mostrar al mundo el lado cómico de una persona tan sumamente entrañable como es Julita. Sin embargo, hay un balance entre humor y esperpento costumbrista por un lado y drama y recuerdos traumáticos por otro que constituyen uno de los grandes hallazgos de Muchos hijos, un mono y un castillo. La historia de Julita se inserta en un relato de actualidad, el marcado por la crisis económica española y sus consecuencias, de ahí que Julita no hable solo de política en pasado, sino también en presente. Lo hace nuevamente a través de la vindicación de la anécdota. Julita es una gran narradora, y Salmerón también, posando la cámara justo en el momento necesario y sabiendo qué fibras tocar. Ese registro tragicómico constituye un fresco inmejorable de la España surgida tras la crisis económica, donde la institución de la familia vuelve a verse como un refugio, un hogar al que volver.

El documental en ocasiones deambula por el territorio del esperpento y la greguería. La situación de Julita, con su castillo, su mono y su almacén de objetos apilados, remite a esa forma de ver España propia de Valle Inclán a través de un espejo cóncavo que deforma la imagen. Ese riesgo de caer en el esperpento queda soliviantado en el momento en que Salmerón demuestra que tras esa fachada se esconde una lucidez, la de Julita, simplemente inmensa para radiografiar las consecuencias de la realidad política española. Y lo consigue a través de esas anécdotas que funcionan como greguerías, ya que a través del humor sus historias contienen metáforas que abarcan desde el conflicto de esas dos Españas, el consumismo, la fe o nuestra realidad social. Es mérito de Salmerón el partir de ese esperpento para deconstruirlo a través de un retrato elocuente de la intimidad.

Muchos hijos, un mono y un castillo recupera la premisa que el célebre crítico Rogert Ebert proclamó. El cine debe ser capaz de generar empatía, vínculos entre espectadores. Las películas son máquinas de empatía capaz de asombrar nuestra mirada proponiendo historias que apelan a nuestra experiencia. El encanto de Julita estriba no solo en su capacidad de aunar esperpento y clarividencia, sino en cómo cualquier espectador es capaz de empatizar con su situación. 

4. LA HONESTIDAD

Por tópico que pueda sonar, Muchos hijos, un mono y un castillo es un documental basado en la honestidad de Gustavo Salmerón a la hora de mostrar a Julita y describir toda una vida a partir de una narración que parte de lo íntimo para tocar temas que a todos nos atañen. Como no podía ser de otra forma, el director madrileño ofrece una película que rebosa cariño y afecto por su madre, pero que se las ingenia al mismo tiempo para no caer en un retrato maniqueo de esas historias bigger than life que constantemente apelan a nuestra capacidad lacrimógena. Julita es un ser humano único, y la narración de Salmerón va encaminada hacia un retrato sin ambages de una vida donde tan pronto caben alegrías como tristezas.

En ese sentido, Gustavo hace suya la máxima de Gilles Deleuze el cual afirmaría que solo el cine puede capturar la duración de una vida, al ser capaz de mostrar la transformación vivida por un ser humano en un plano de inmanencia, el fílmico, cortado por puntos inmóviles en la duración de la película que expresan la transformación de una vida acontecida entre dos momentos. Esta máxima deleuziana tiene su eco en el modo en el que Salmerón es capaz de mostrar la evolución vital de Julita en su documental a partir de cortes o puntos de referencia tales como el material de archivo familiar o las anécdotas de la matriarca. La honestidad del director y su madre conducen a que Muchos hijos, un mono y un castillo sea un ejemplo de cómo capturar una vida en plena transformación, a través de su carácter íntimo en el que Julita reflexiona sobre su pasado y mira al futuro, o al menos ensaya su propia muerte en una escena prácticamente digna de Buñuel.

Esta preocupación por capturar los cambios en una vida, por plasmar a través de la duración del tiempo fílmico la transformación de un ser humano, ha inquietado ya a cineastas que Salmerón probablemente admire como Jonas Mekas o Chantal Akerman. El primero ha basado su filmografía en mostrar las grabaciones de toda una vida, la suya propia, para reflexionar sobre el carácter del cine como embalsamador del tiempo y testigo de nuestra vida. La segunda es una cineasta consagrada que en su última película, No Home Movie (Chantal Akerman, 2015), entrevista a su madre en su apartamento de Bruselas para reflexionar sobre su experiencia y supervivencia al nazismo. Directores con estilos diametralmente opuestos al de Salmerón pero con una misma intención: la honestidad y verosimilitud como herramientas para capturar una vida.