Es el Día del Orgullo LGTBIQ+, y en Cameo se celebra reivindicando que es el tiempo queer, el día del orgullo y el momento LGTBIQ+. Redundante como pueda parecer a algunos, el Día del Orgullo todavía no ha instaurado una normatividad en la que el colectivo se sienta integrado y disponga de una forma propia de experimentar el tiempo vital. Algunos autores y autoras han hablado de una temporalidad queer, por ejemplo, para Halberstam este tiempo específico propone una forma de organizar la etapas de la vida — matrimonio, familia, trabajo etc — que choque contra las narrativas heteronormativas y siga un orden propio.

Para Freeman, el tiempo queer se siente como una asincronía respecto a la heterogeneidad temporal. Seguro que alguna vez te has preguntado por qué mientras tus compañeros de clase adornaban sus carpetas con fotos de estrellas de pop del sexo opuesto, tú sentías cierto reparo a hacerlo con gente que idolatrabas del mismo sexo e incluso en la televisión veías cómo no existían referentes, estrellas y personajes cuya sexualidad desafiara abiertamente la normatividad. Esa es la asincronía de la que habla Freeman, un sentirse fuera de tiempo, ajeno a la época en la que se vive en base a unas convenciones sociales y morales. Por qué no disfrutaste de esa etapa hasta ahora, qué mas etapas definitorias de una adolescencia “convencional” te saltaste. Lo que Dinshaw expresa al preguntarse cómo se siente ser un anacronismo cuyos deseos no se sincronizan con la linealidad temporal de la sociedad.

La temporalidad queer es un presente vivido a contracorriente, que desafía la llamada crononormatividad, es decir, un tiempo marcado por el ritmo interno de relojes, agendas, calendarios, trabajo que privilegia a unos pocos y marca un estilo de vida perjudicial para otros. Una biopolítica, una forma de exigir cómo el cuerpo debe someterse. Por ese motivo es tan importante ya no celebrar el Día del Orgullo LGTBIQ+, sino el tiempo LGTBIQ+ para emplearlo como instrumento que proponga un nuevo ritmo, una nueva normatividad, una nueva forma de organizar las etapas de la vida de tal modo que el presente se viva y no se sienta como un anacronismo. Teniendo eso en mente, en Cameo estamos orgullosos de vivir en este tiempo, y os proponemos una serie de momentos de película que reivindican un tiempo queer, imágenes de cineastas que empatizan con su tiempo y proponen un presente LGTBIQ+ con sus propios ritmos y ciclos vitales. Los pósters en paredes ya no se llevan tanto, pero quizá es el tiempo de Tumblr y las páginas personales repletas de collages con personajes de quienes sentir orgullo y decorar las redes sociales.

1. 120 pulsaciones por minuto

Robin Campillo propone como tiempo que atenta contra la temporalidad queer el París de los años 90. Un grupo de activistas recibe a Nathan, dispuesto a continuar con la labor del grupo y reivindicar que el gobierno de Mitterand exija a las farmacéuticas que dejen de concebir el tratamiento del VIH como un negocio sino como una urgencia. Sean es un joven enfermo, que lucha y arroja sangre en corporaciones, que defiende que el cambio es posible, que cree en el activismo como herramienta para proponer un tiempo donde la lucha no sea necesaria. Sabe que va a morir, pero al contrario que Thibaut, jefe de la asociación Act Up, no se toma la lucha como una excusa para figurar. La película de Campillo retrata un tiempo que estigmatizaba a jóvenes con la enfermedad, con la represión, con el complejo de culpa, con una sexualidad frustrada. Pero el cineasta no se queda ahí y propone un relato cuyas aristas dejan entrever un material en bruto que revela la fuerza del amor, de la juventud, y de la pasión para proponer nuevos estilos de vida cualquiera que sea el coste.

Cannes le concedió el Gran Premio de la Crítica y el Premio FIPRESCI de la crítica, los críticos de Estados Unidos se rindieron ante la potencia de la propuesta de Campillo. Todo deviene en un viaje a un París previo a los chalecos amarillos, a una imagen de farmacéuticas lucrándose con el dolor ajeno, a un amor hasta el fin, a una política del bienestar de unos pocos.

 2. Solo el fin del mundo

Xavier Dolan es el cineasta que lleva cincelando una imagen de la temporalidad queer desde sus inicios. Todas las orientaciones y géneros tienen cabida en su cine, sobre todo a través de la figura materna como detonante de toda clase de conflictos familiares y generacionales. En Solo el fin de mundo Dolan muestra el viaje de regreso de un escritor a su pueblo. El escritor está muriendo, y decide que este viaje se convierta en un reencuentro familiar que sepulte las discusiones y rencillas y dé paso a una reconciliación que le sirva de redención y capítulo final de su libro. Como en todas las películas de Dolan hay melodrama, discusiones histéricas, reproches que alimentan un entorno tóxico, subtextos emocionales escondidos en secuencias elaboradas con música que ceba tu nostalgia millennial y gestos grandilocuentes.

Louis quería narrar la noticia de su muerte, pero una familia con sus propios ritmos y disputas pospondrá el anuncio. Drogas, violencia de género, histeria, Dolan firmando el guion y hasta el diseño de vestuario, todo cabe en en la obra de un director cuyo tiempo es tan presente como poco anacrónico.

 3. Theo & Hugo, París 05:59

Theo y Hugo bailan, se miran, se desean y se entregan al placer. En el club todo tiene cabida. El film de Olivier Ducastel y Jacques Martineau fue visto como provocador por un sector de la crítica que interpretó que la secuencia inicial, una coreografía de cuerpos entregados al sexo a través de una cámara que oscila en primeros planos sumidos en penumbras y neón, pero en realidad va más allá y se erige en un estudio sin ambages de estilos de vida diversos. Theo y Hugo se conocen, intiman, pero el sexo sin protección conduce a que la responsabilidad emerja y uno de ellos deba someterse a un test de urgencia en el hospital. Del club se pasa a las calles de París. La noche les envuelve y deambulan en bicicleta por bulevares. Se intercambian palabras, el miedo enfría los rostros pero la llama no se ha apagado.

Vivir el tiempo presente, prolongar secuencias de espera y reflejar la duración exacta de una noche que oscila entre el placer y la espera en el hospital. No hay un tiempo normativo, los relojes se detienen en las 5:59 y la temporalidad adquiere la densidad de una muestra de sangre.

4. La ley del deseo

Almodóvar acaba de coronarse en Cannes. Si bien no obtuvo la ansiada Palma de Oro, sí demostró ser uno de los cineastas más personales del panorama actual consiguiendo que la crítica mundial se rindiera ante Dolor y Gloria. Antonio Banderas se llevó el Premio a Mejor Actor y sobre todo, se rindió justicia a un cineasta que ha hecho suya la temporalidad queer y no la ha abandonado nunca. El tiempo de los filmes de Almodóvar refleja ritmos de vida alejado de toda normatividad. La nostalgia por la infancia y la adolescencia refleja ese hálito vital de un pequeño Almodóvar cuyo miedo y represión conformaron una cosmovisión tan única como reivindicativa en sus filmes que reciclan el melodrama clásico para ofrecer relatos en los que los ritmos internos de sus personajes ahondan en condiciones humanas transidas por tiempos muy distintos.

La ley del deseo es la historia de Pablo y Tina, dos hermanos con secretos. Pablo conoce a Antonio, y su amor por Juan cambia. Tina esconde un secreto. En el mundo del espectáculo la fanfarria y la tramoya son disfraces para relatos de amor, de géneros e identidades truncados y recuperados.

 5. Tierra Firme

Carlos Marques-Marcet se ha consolidado como una de las grandes voces generacionales del cine español con Los días que vendrán. Biznaga de Oro en el Festival de Málaga y seleccionada en el Festival de Rotterdam, Marquet demuestra su capacidad para tejer retratos románticos tan anclados a la realidad que elaboran un discurso lúcido sobre el amor en tiempos de Instagram. Con Tierra Firme ahondaba ya no en el embarazo de la pareja de actores reales que interpretan su último film, sino en la idea de maternidad en el seno de una pareja de mujeres, Eva y Kat, con visiones distintas sobre la posibilidad de ser madres. La llegada de Roger, amigo de Kat, provoca en Eva el atrevimiento para pensar en que quizá él sea el mejor donante. La relación de Eve y Kat se inserta en esta nueva temporalidad reflejando la cuestión de la maternidad al margen de la normatividad y reflejando los distintos ciclos, etapas y procesos que deben afrontar las mujeres en una sociedad que todavía define sus roles y ritmos biológicos.

 6. El amor es extraño

Ira Sachs acaba de regresar con Cannes después de demostrar que lo de narrar las crisis existenciales de burgueses y clases altas se le da bastante bien. Con El amor es extraño ya despuntó, en parte gracias a John Lithgow y Alfred Molina interpretando a una pareja que después de 39 años ve factible y legal el hecho de contraer matrimonio. Sin embargo, la crononormatividad de Nueva York impone unos ritmos y unas normas que no casan con que dos hombres maduros y adultos decidan darse el sí quiero. George es despedido de la escuela católica en la que impartía clase y Ben se marcha con su sobrino a Brooklyn. La distancia hace mella en dos hombres de sonrisa perenne que ven cómo quizá el statu quo es bastante más rígido que sus articulaciones. Como ver una película de Leo McCarey con personajes algo más entrañables y risueños que no pierden nunca la esperanza.

7. Moonlight

Barry Jenkins sorprendió hasta a Damien Chazelle, se llevó la música de La La Land a otra parte y conquistó el Oscar a Mejor Película con un retrato que no solo ahonda en la temporalidad queer en un mundo tan propicio a revestir a la masculinidad con pátinas darwinianas, sino que reconstruye la estética de los barrios o hoods estadounidenses con mimbres estéticos tan preciosistas que parece un film de Wong Kar-wai. La vida de Chiron está atravesada por una línea cronológica que incluye la drogadicción de su madre, el tráfico de drogas, la violencia en el barrio y el gesto impostado de hombre curtido para sobrevivir. Entre medias emerge otra temporalidad, marcada por la revelación de que quizá sus sentimientos y su sexualidad deban ser vistos a través de otro prisma. Una aproximación al tiempo que desvela la duración de una vida a través de episodios que mezclan la subjetividad de recuerdos redefinidos y la certeza de espacios opresivos, conformando una poética de de una vida ordinaria jalonada por punzadas existenciales sin falsos adornos.