Hoy 28 de junio se celebra el Día Internacional del Orgullo LGBT, y desde Cameo hemos decidido apuntarnos a celebrar el orgullo con una selección de películas que te hagan bailar, celebrar y sobre todo, mostrar a todos aquellos que ven en esta fiesta un evento ya innecesario por qué sí es más necesario que nunca. En 8 países la homosexualidad está castigada con la muerte, en 72 mantener relaciones sexuales se considera ilegal, es decir, un tercio de las naciones que conforman la ONU. Solo en 50 países existe la unión libre entre personas del mismo sexo y 26 estados contemplan la adopción conjunta, según el informe Homofobia de Estado", de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gais, Bisexuales, Transexuales e Intersexuales. Asi que sí, en Cameo celebramos con 8 películas y 8 canciones para combatir la homofobia y recordar lo que pasó ese 28 de junio en los Disturbios de Stonewall.

         No solo hay que bailar contra la homofobia más flagrante mostrada por estas estadísticas. Sino también contra esa homofobia institucionalizada socialmente a través de estereotipos, filias y prácticas sociales. Por esa razón nuestras 8 canciones de película te proponen bailar contra esas perlas que todos escuchamos en la calle y que incluso algunos se atreven a convertir en proclamas contra la libertad sexual. Prepara los altavoces, afina la garganta y da la nota en el día de tu orgullo.

120 pulsaciones por minuto

El temazo: Smalltown Boy, de Bronski Beat y remix de Arnaud Rebotini.

La perla contra la que bailas: “Ser homosexual no es natural porque si no no pillarían el VIH”.

Una coreografía de: Robin Campillo, Gran Premio del Jurado en Cannes y un director que ya tocó conciencias en su anterior trabajo.

¿Por qué hay que bailar?: Porque todavía hay mucho por lo que luchar. El Paris de Campillo de los años 90 da voz a Nathan, a Sean y al resto de militantes de Act Up-Paris que combaten la indiferencia y el negocio de los tratamientos del SIDA. Están cansados, enfermos, son golpeados o vistos como una plaga infecciosa. Y aún así bailan, se enamoran, se dejan la sangre en lo que hacen y mientras deambulan por el metro de París aspirando el olor a sudor, felicidad y juventud tratan de no pensar en que esa sociedad está más enferma que ellos.

Habitación en Roma

El temazo: Loving Strangers, de Russian Red.

La perla contra la que bailas: “Si eres lesbiana es porque aún no has probado con el tío adecuado”.

Una coreografía de: Julio Medem, para algunos un cursi redomado, para otros un cineasta demasiado dado a excesos líricos y eróticos, lo que está claro es que el director de La ardilla roja, Lucía y el sexo o Los amantes del Círculo Polar es de los que sabe provocar. A nosotros nos encanta, y Habitación en Roma es de esos films que provocan bilis en los conservadores.

¿Por qué hay que bailar?: Alba y Natasha, Elena Anaya y Natasha Yarovenko regalan 109 minutos donde desnudan intimidades, miedos y confesiones que quedan atrapados entre las sábanas del hotel. Medem se olvida de flashbacks, de artificios cinematográficos y hunde la mirada de manera cronológica en un relato donde el erotismo se sueña y se respira en cada respingo que dan sus protagonistas al rozar sus cuerpos y descubrir lugares comunes. Bailamos porque aunque haya muchas películas sobre ellos, menos hay sobre ellas. Y bailamos porque aunque el film de Medem parezca una cita de app de citas sublimada al extremo, también desprende sensibilidad, orgullo y empoderamiento en las miradas tácitas de dos desconocidas.

Theo & Hugo, París 05:59

El temazo: Un mix que evoque el mejor vaporwave mientras el proyector de luces de neón juega con los recovecos de rostros ajenos.

La perla contra la que bailas: “Siempre que veo a algún gay está liándose con alguien. Son demasiado promiscuos”

Una coreografía de: Olivier Ducastel y Jacques Martineau, quienes también firman el guion de la película y cuentan con experiencia retratando los devaneos amorosos y sexuales de los millennials.

¿Por qué hay que bailar?: Porque Theo & Hugo, Paris 5:59 no es otra película dramática más sobre el posible contagio o no del virus del VIH. Es una historia de amor que surge del puro deseo, es un relato donde lo audiovisual se concreta en patrones digitales impresos en la pantalla y que no elide la mirada del placer. Theo y Hugo disfrutan primero, sufren después y quién sabe que pasa al final. La secuencia inicial incomodó a muchos por su carga sexual explícita. Muestra de lo mucho que nos queda por aprender. Ciertos sectores apuntaron a que esa secuencia no hacía ningún bien a la imagen de la homosexualidad en el cine. Pero Olivier Ducastel y Jacques Martineau saben que esa provocación al espectador no queda en nada. Para eso ya está la irreverencia nihilista de Gaspar Noe, Ducastel y Martineau provocan para después emocionar con esas historias que normalmente se pierden en efluvios etílicos, vómitos en farolas y caminos de la vergüenza regreso a casa. Hay que bailar porque apetece, porque hay que disfrutar, y no tener miedo al placer, o sí, pero al menos que haya alguien con quien compartir la espera en urgencias.

La ley del deseo

El temazo: Lo dudo, de Los Panchos, y es que Almodóvar se las apaña para mezclar jazz, amor, deseo y muerte a su manera.

La perla contra la que bailas: “A mí no me importaría tener un hijo gay, le acabaría aceptando y todo”

Una coreografía de: Pedro Almodóvar, acompañado por Antonio Banderas, Carmen Maura o Eusebio Poncela, entre otros. El típico grupo con el que te irías de fiestas a desfasar hasta que tus pies se quedaran pegados al suelo de los baños más castizamente sucios de Madrid, qué movida.

¿Por qué hay que bailar?: La ley del deseo es una máxima almodovariana: un relato que coquetea con el deseo, cuyos personajes están más reprimidos que un repositorio de Trabajos de Fin de Máster y escenas que subliman el esperpento más costumbrista para después darte un bofetón de realidad y mostrar la tristeza mas grecorromana. Carmen Maura pidiendo que la rieguen, Eusebio Poncela entre dos aguas y Antonio Banderas como ese oscuro objeto de deseo que acaba convirtiéndose en una historia de amor y drama más intensa que esa story de Instagram donde mostrabas tu nevera vacía.

Últimos días en la Habana

El temazo: Tres palabras, de Bebo y Chucho Valdés,

La perla contra la que bailas: “Ya no hay apenas homofobia en el mundo”

Una coreografía de: Fernando Pérez, una de las voces de referencia del actual cine cubano, dotado de una sensibilidad extrema para capturar la problemática de todo un país a través de relatos que subliman la experiencia más humilde.

¿Por qué hay que bailar?: Por las amistades que nunca se pierden. Para celebrar la vida. Miguel sueña con Nueva York, y Diego, postrado en la cama por el VIH, sueña con el tiempo pasado. Miguel es pesimista, realista y siente pena por Diego. Diego es vitalista, soñador y siente pena por todo lo que Miguel se ha perdido. Un retrato de la Cuba de los cubanos, de la gente corriente que se cruza día a día en su deambular por una sociedad marcada por la penuria y un espíritu donde vitalismo y drama no necesariamente son antagónicos.

Mi hermosa lavandería

El temazo: Behind the Veil, del excelso Jeff Beck. Riffs de guitarra para retratar la Gran Bretaña que Margaret Thatcher nunca quiso ver.  

La perla contra la que bailas: “Con trabajo duro se quitaban las bobadas esas de ser gay”

Una coreografía de: Stephen Frears, narrador de flema británica inconfundible que lleva décadas capturando las manías y desasosiegos de toda las clases británicas.

¿Por qué hay que bailar?: Porque con frecuencia son los gobiernos los que separan y las personas las que unen. Omar, inglés de origen pakistaní, y su amigo de la infancia Johnny, un punk/hooligan/repudiado por Thatcher, deciden unir fuerzas, y pasión sobre todo, para reabrir una lavandería y para que así Omar se convierta en ese prototipo de británico de éxito en medio de ese neoliberalismo incipiente.

Pride

El temazo: Shame Shame Shame, de Shirley & Co. Si esto no te da más subidón que un chupito de Jagermeister  de esos que queman tu estómago, necesitas urgentemente música disco en vena.

La perla contra la que bailas: “Se puede ser gay, pero que al menos no tengan pluma”

Una coreografía de: Matthew Warchus, retratando la unión entre mineros galeses y grupos LGTBI con solidaridad, ritmo y también bastante mala leche contra el gobierno de Margaret Thatcher, que seguro que ella era más de Blondie.

¿Por qué hay que bailar?: Porque pese a lo que muchos digan, hay más cosas que nos unen que cosas que nos separan. Warchus toma el testigo de Frears, Stephen Daldry y compone una comedia de esas que te hacen esbozar sonrisa incluso en plena campaña de la Declaración de Renta. A caballo entre Full Monty y Billy Elliot, Warchus hizo una de las películas del año a través de un retrato sincero de la lucha de la clase obrera y el activismo homosexual a través de esa música británica que solía activar a tus padres. Una generación de luchadores, de perdedores y vencidos. Los olvidados de Thatcher le plantan cara para convertirse en la piedra de sus zapatos.

Uncle Howard

El temazo: De Duke Ellington a Van Wissen, pasando por Don Cherry o Meg Keene. Los últimos latidos de la generación beat en el Lower East Side de Nueva York con Allen Ginsgberg desgañitándose al ver morir a las mentes de una generación. 

La perla contra la que bailas: “Se pasan el día de fiesta y no han trabajado en su vida”

Una coreografía de: Aaron Brookner rindiendo un justísimo homenaje a su tío, cineasta que literalmente conoció a los genios de una época: William Burroughs, Allen Ginsberg, Jarmusch, Patti Smith o John Waters. Uno de los mejores documentales de los últimos años donde la figura de Howard Brookner, fallecido a causa del SIDA, es reivindicada.

¿Por qué hay que bailar?: Por los revival que rescatan épocas vibrantes donde genios literarios, cinéfilos y artistas vivían al límite y cuyos excesos fueron capturados por Howard y recuperados por Aaron. Tío y sobrino tejen una crónica de una época donde el Chelsea Hotel albergaba leyendas urbanas, a través de retazos de vidas increíbles y material de archivo cuyo fin último es dedicar toda una carta de amor a un tío. Un cineasta que amó con tanta intensidad que incluso el SIDA no le impidió sonreír a aquellos que le habían acompañado en su viaje. Reductos de un tiempo donde solo se rezaba a la creatividad, y que en respuesta al mundo que les rodeaba simplemente lanzó un aullido: "vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas".